FERNANDO VELA | En otro lugar

2014| 17/03 > 28/04

UNA POSTAL DE PRAGA
Acrílico sobre lienzo 392 X 114 cm (2008-2011)

                

A beneficio de inventario 1

“Perderse entre paisajes como cuadros.
No-ser a lo lejos y en colores...”

 Fernando Pessoa

 El libro del desasosiego

 

La pintura surge de la práctica de pintar día tras día, trabajando en el estudio sobre los lienzos, caminando por las calles, mirando mucho, leyendo. Es por tanto un proceso complejo en el que se entretejen formas y acontecimientos. El cuadro, más que una imagen, es un objeto del que surgen las imágenes, una construcción de la visión y de la memoria.

Estos cuadros abarcan una parte sustancial de mi trabajo en el estudio durante los últimos cuatro años; en algunos de ellos he trabajado durante meses. Escribir sobre estos cuadros no es, en consecuencia, sólo, ni principalmente, describir unas formas o manifestar determinadas intenciones artísticas, es también, en mi caso, recordar, reconstruir una cadena de acontecimientos (hechos, ideas, sensaciones, propósitos…). Cuando relatamos algún episodio de nuestra experiencia, si bien, al recordarlo le damos forma, lo construimos (y en cierta medida lo inventamos), no llegamos a agotarlo en su totalidad, los acontecimientos se nos escapan, la memoria construye al tiempo que resulta insuficiente para revivir el pasado. Creo que cuando escribo sobre mis pinturas soy distinto, soy otro, tratando de explicar con palabras lo que he vivido y pintado sobre el lienzo con formas y colores, y que por tanto corro el doble riesgo de ir más allá, por un lado (poniendo lo que no hay, conceptualizando en exceso) o de no llegar, por otro. Lo que he pintado no puedo traducirlo adecuadamente al lenguaje verbal, afortunadamente diría yo. Por eso todo lo que escribo habría que tomarlo a beneficio de inventario. Creo más en el diálogo que en el discurso. Cuando alguien se interesa por alguno de mis cuadros u objetos, o simplemente me preguntan, siento que de la conversación surge más espontánea y más viva, aunque fragmentada y mudable, una verdadera aproximación a la obra.

La pintura surge, como he escrito antes, de la práctica de pintar. Pintar se me ha vuelto tan necesario como pasear, o quizás podría decir que pasear se me ha vuelto tan necesario como pintar, una y otra actividad, han ido parejas a lo largo de estos años. Como un paseante he seguido el impulso nacido de un encuentro, una sensación, un interés y ha resultado esto. Determinadas cosas nos interesan, nos mueven. Por ello estas ciudades se parecen en cierta medida a un diario, cuya redacción no es posible establecer de antemano, antes que los días se sucedan. Cada cuadro se construye por rectificación y superposición, los edificios han sido dibujados, las calles trazadas, y luego, unos y otras, tachados, sustituidos por nuevas calles, nuevos edificios, en un ejercicio de constante corrección, en un intento de plasmar, no tanto un punto de vista único, la ciudad vista desde tal o cual elevación del terreno o construcción, “la panorámica”, sino de abarcar la ciudad en su totalidad, cada una de sus calles, encrucijadas y horizontes; recorrerla incansablemente, perderme en ella. La ciudad no tiene forma, la construimos en cada uno de nuestros paseos, nuestras ocupaciones, nuestros estados de ánimo, nuestros días y nuestras noches, es cambiante como el cielo, por eso mis cuadros, en principio de apariencia abstracta, no son sino una tentativa de la máxima precisión, nítida ambigüedad. A veces pienso que estas ciudades son inmensas miniaturas.

Cada cuadro ha sido un intento de finalizar la búsqueda, la idea de serie ha estado ausente en su realización, con la excepción de los primeros, de pequeño formato, que podía pintar simultáneamente, disfrutando del placer de “mover” el cuadro con facilidad, cosa no tan fácil en los formatos más grandes. En éstos hay un intento de precisar definitivamente la sensación con la mayor nitidez posible. Cada cuadro ha sido pintado con la idea de que fuera el último, el definitivo, que realizara de modo integral, y por lo tanto extinguiera en mí, la sensación. Por eso los considero tentativas, fueron pintados sucesivamente: Budapest, Berlín, Roma...Cada uno presenta un matiz diferente, pero todos obedecen a un mismo empeño (¿obsesión?) sostenido durante cuatro años, en lo que he trabajado en el marco de una autoimpuesta limitación. La pintura iba emergiendo, a medida que avanzaba, de un proceso de incesante construcción y destrucción.


El tiempo ha sido así determinante en la realización de estas ciudades, quiero decir que al ser fruto de la continua rectificación, el tiempo es un elemento más del cuadro (como los colores, el lienzo, el dibujo, el carbón...) que se muestra física y materialmente en la textura y densidad de las pinturas. El concepto de textura, sin embargo, buscar una textura determinada, me ha sido completamente ajeno en la realización de estos cuadros, la textura, la calidad rugosa de la pintura, es fruto más bien de la continua rectificación. No es un propósito, es una consecuencia lógica del proceso. La dimensión temporal es muy importante para mí también en otro sentido, pretendo construir objetos para la contemplación, aspiro a retener al espectador delante del cuadro, mirando largo rato, intento que pueda levantar una ciudad, alterarla dejándose llevar por ciertas sugerencias, atisbos cambiantes y esquivos. En este sentido estas pinturas pretenden ser como un mecano, una construcción de posibilidades siempre nuevas, aparentemente inagotables, como la ciudad misma. Para ello es imprescindible el concurso del espectador, él es el que tiene que, como el lector o el intérprete, “ver” esas ciudades que están ahí, en este sentido estas pinturas son obras abiertas. El espectador ha de situarse a cierta distancia, tal como yo lo he hecho al pintarlas. Estos cuadros, al margen de su dimensiones físicas, sean grandes o pequeños, exigen distancia, son cuadros “largos”. Queda por último explicar por qué ciudades y no otra cosa, por qué ese tema. No hay una razón que justifique esta elección, hay una historia, un proceso. La forma más sencilla de explicarlo es decir que este tema surge de mis paseos. En mi primera exposición en Altamira, la ciudad era también central. Los cuadros expuestos en tal ocasión eran fundamentalmente vistas de la ciudad de Oviedo (La construcción de la “Losa”, Llegando en autobús a Oviedo…). Había también un cuadro sobre Lisboa.

Este último cuadro, Lisboa, es en realidad el origen de Budapest, Berlín o Roma en sus diferentes formatos. La diferencia entre la mayoría de los cuadros que integraban “Desde la Isla de Praga”, título de esa primera exposición en Altamira, y los que ahora presento, es que aquellos, en su mayoría, eran vistas de la ciudad, y en éstos la ciudad invade todo el campo visual, excluyendo todo lo que no sea ella misma, no hay márgenes, no hay cielos, sólo ciudad. La ciudad es ahora la gran ciudad como realidad total, universo y laberinto. Una realidad total y al mismo tiempo, fragmentaria y dinámica. En la ciudad la vida se atomiza, sin que sea posible abarcarla o comprenderla nunca por completo, su perpetuo movimiento entre la destrucción y la construcción, lo intrincado de las relaciones de las que se nutre, lo hace imposible, por ello la ciudad puede ser sólo definida como un todo, pero la totalidad no tiene forma. Cuando nos alejamos de la ciudad o la contemplamos desde un punto elevado, la perspectiva nos ofrece un espectáculo hipnótico, siempre cambiante, un objeto inagotable para la contemplación. Determinados hitos, torres, iglesias, altos edificios, se destacan en medio de una fina trama de líneas que conducen nuestra mirada de un lugar a otro como en un laberinto, las luces y sombras, los colores producen innumerables combinaciones.
Hace algún tiempo escribí en mi diario este llamado epílogo-balada de la ciudad, dedicado a la gran ciudad y a Joseph Cornell, cuya obra conozco muy superficialmente y cuya vida desconozco prácticamente en su totalidad. Tómese también por ello a beneficio de inventario. Con ello concluyo.

PARÍS
Acrílico sobre lienzo 195 X 130 cm. (2012-13)

 

EPÍLOGO-BALADA DE LA CIUDAD

La ciudad es una cuadrícula casi perfecta, las calles están numeradas, hay algunos parques de contornos regulares, los rascacielos convierten las anchas avenidas en desfiladeros angostos y sombríos, la gente vive en edificios cuyas fachadas repiten incesantemente el trazado regular de las calles, hay quienes dicen que son como cajas de zapatos, yo sin embargo pienso que son como cajas de cristal. La ciudad es un laberinto, pero con esto no hemos dicho demasiado, hablemos de la multitud, en medio de la multitud es posible pasar desapercibido, mirar sin ser visto, ser visto sin apercibirse de ello, aunque en general a estas horas de la mañana las calles están llenas de gente que sabe a dónde va, y que no pierde el tiempo por ello. La ciudad parece siempre una calle ruidosa pero tiene también calles solitarias, rincones apartados, patios traseros, callejones lóbregos y estrechos pasajes en los que es posible sentir el escalofrío. A determinadas horas, en determinados lugares, la ciudad parece inmóvil, como un inmenso y profundo río. La ciudad podría contarnos, si quisiera, miles de historias sobre personas, en general, desconocidas, pero casi nunca tiene tiempo para ello, ocupada como está en su eterno movimiento. Hemos dicho que la ciudad es como un río y podríamos decir que es como el mar que arroja a la orilla restos de un incesante naufragio, pero es mejor que nos detengamos por un momento en la orilla, en sus recónditas playas: las pequeñas tiendas, los anticuarios, los desguaces en el puerto, los chatarreros, las viejas librerías, o las mismas calles y avenidas, allí podremos encontrar esos objetos olvidados, inservibles, rotos, desechados, vencidos, que alguien, un individuo oscuro y solitario que gusta de perderse por las calles, recompone pacientemente en un tranquilo y apartado suburbio.

Fernando G-Vela, Oviedo 2007

 

 

SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCIÓN 1
Collage de papeles grapados. 60 X 67 cm. (2013)



SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCIÓN 2
Collage de papeles grapados. 29 X 33cm. (2013)

                

A beneficio de inventario 2 (fragmentos)

“Cuando se mira una pared blanca, se comprueba que no es blanca, que no está desnuda. Cuando se está largo tiempo solo, se adiestra uno en la soledad, se descubren cada vez más cosas allí donde para la gente normal no hay nada. Se descubren en la pared grietas, pequeñas fisuras, desigualdades, sabandijas. En la pared hay un movimiento monstruoso”
El Italiano Thomas Bernhard

 

Cuando imagino la pintura, incluso cuando trabajo en ella, a veces con gran esfuerzo, me siento ligero, sin otra obligación que mirar hacia delante y seguir mi camino. Pero, cuando como ahora, tengo que escribir sobre lo que he pintado, es como si me viera obligado a detenerme, volver atrás sobre mis pasos, levantar acta del camino recorrido, cartografiar el terreno explorado, colonizarlo incluso, y experimento entonces la impaciencia de volver a ponerme en camino. Por ello y porque en principio lo que escribí para la exposición Diarios de hace siete años en la Galería Altamira, vale para estos cuadros de ciudades que presento ahora en la Galería Texu, prefiero escribir un nuevo A beneficio de inventario con fragmentos de mi diario escritos en paralelo a los cuadros, de manera que la coherencia que todo texto impone a las ideas que en él se exponen, la disciplina del discurso, sea sustituida por la fragmentación. Esta estructura responde más a la realidad pues el sentido no se desprende sólo de lo que está escrito sino también del orden en que se suceden los fragmentos, e incluso de los intervalos de silencio o la distancia que hay entre ellos

Estos cuadros son imágenes, se refieren a una realidad visual, pero más que imágenes concretas, son contenedores de imágenes, superficies sobre las que se acumulan las imágenes. Con esto, me doy cuenta ahora, no hago más que reproducir una conducta familiar, un paisaje doméstico. Haciendo un juego de palabras, podría decir para explicarlo que en mi familia somos todos bastante superficiales, cualquier superficie nos parece buena para depositar sobre ella papeles, periódicos, cajas, o los más peregrinos objetos, en principio con carácter provisional. Pero con el paso del tiempo tales depósitos van creciendo hasta configuran el paisaje habitual de estantes, repisas, mesas y librerías en las que es difícil encontrar un hueco libre por el que asome la superficie original. Nos resistimos a deshacernos de las cosas, conservamos, tratamos de recordar, conscientes de que las cosas son como redes que atrapan el tiempo en su trama. Conservamos viejos muebles, guardamos objetos en desuso, archivamos documentos, cartas, periódicos, fotografías... El pasado no desaparece, se reelabora, se comenta y se construye constantemente. Como en un diario, se espera que aquello que fluye tenga un sentido, un sentido que no se puede comprender sino con el paso del tiempo.

El cuadro es un lugar para perderse, desaparecer en la mirada, no una imagen para verla desde fuera.

¿No se obtendría –se pregunta Walter Benjamín en el Libro de los pasajes- una película apasionante a partir del plano de París, del desarrollo cronológico de sus distintas imágenes, de condensar el movimiento de calles, bulevares, pasajes y plazas durante un siglo en un espacio de tiempo de media hora? ¿Y que otra cosa hace un flaneur? ¿Y no podría resultar un lienzo igualmente apasionante? –me pregunto yo.

En ocasiones, al caminar lo que vemos se funde con lo que pensamos y lo que pensamos con lo que vemos, en un estado de conciencia parecido al sueño.

 La ciudad no es como un laberinto, la ciudad es el laberinto. El laberinto es indisociable de la regularidad que caracteriza la arquitectura. El laberinto es una creación humana. Nunca llamaremos laberinto al mar, ni al desierto, sin embargo el bosque podría llegar a serlo. En el mar o en el desierto la mirada puede dirigirse libremente en todas las direcciones, en el laberinto y en el bosque no. El laberinto representa la necesidad de encontrar un camino entre los múltiples caminos que han sido trazados, es la superabundancia de caminos. No hay ciudad sin laberinto

 En su artículo sobre Walser, Coetzee, dice que mediante el método del lápiz, y reduciendo el tamaño de su escritura, Walser podía alcanzar el ritmo constante, el paso, el movimiento uniforme, que necesitaba para alcanzar un estado propicio para la escritura y la ensoñación. Esta mañana mientras trabajaba en el cuadro de la estación, me ha venido a la cabeza ese pasaje, al darme cuenta de que también al pintar se establece un movimiento continuo, un vaivén, una especie de baile: me aproximo al lienzo para tocar la superficie con el pigmento, después me alejo para ver lo que he hecho. Al mismo tiempo  el toque de espátula o de pincel deben adquirir también su cadencia, de manera que permitan  superar el control y abandonarse a la ensoñación, a un estado intermedio de la conciencia.

 El viajero. La imposibilidad como origen y motor de la escritura (y de la pintura) Escribe porque tiene conciencia de que no comprende, así la escritura se convierte en un viaje (el auténtico viaje), el escritor relata su viaje por un territorio que no abarca, a cada paso se abren más interrogantes y aumenta la sensación de que nunca llegará a comprender realmente el país que visita.

 

No todo ha de ser elogio del paseo y alabanza del movimiento, pienso cuando salgo del Instituto con el ánimo de ir hasta La Corredoria. Hay en el en el paseante una pulsión negativa, una fuga, una tendencia a la desaparición, al ensueño y al olvido. Una negación de uno mismo, no la muerte, simplemente un no- ser, que es además no haber sido. El horizonte se dilata, las cosas, los paisajes, se deslizan sobre nuestra retina al ritmo acompasado de nuestros pasos, sin tener que hacer nada, sólo seguir caminando, sólo dejar que nuestros pensamientos vaguen ligeros de una cosa a otra como impulsados por la brisa.

 

Hace unos días empecé un nuevo cuadro sobre Lisboa, más pequeño que los otros y de formato cuadrado. Le he pegado las costras de plástico que se forman cuando el acrílico se seca y solidifica en el interior de los botes. Le da un aire descascarillado al cuadro que le viene muy bien. La piel de Lisboa está también descascarillada, escamada, mohosa, sus colores son inciertos. Estas costras son literalmente basura, residuo, restos, huellas, como aquella capa de carbón y raspaduras de pintura que cubría el suelo del estudio del pintor Max Ferber, y que él consideraba, más incluso que sus cuadros, su verdadera obra.

 

He empezado un cuadro sobre Milán de formato 120 figura. Nada nuevo, continúo con el mismo tema de las ciudades. Necesitaba volver a ver una ciudad como Milán para seguir con ello. Es necesario renovar las sensaciones; aunque al final no tiene mucha importancia que la ciudad sea Budapest, Roma, o Berlín,  para iniciar el cuadro es importante contar con una sensación concreta. Pinto ciudades no por cosmopolitismo, ni para retratarlas, sino para pasearlas, para perderme en ellas, esto resulta más difícil de conseguir en Oviedo. En Oviedo en seguida se llega a los barrios periféricos y en definitiva al campo. En las grandes ciudades es posible pensar que se extienden indefinidamente en todas las direcciones.

 

Vuelvo en dirección al Fontán y me acerco hasta el estudio solamente a mirar. He decidido aprovechar el cuadro alargado, el doble 80, para hacer una vista de Praga, una vista panorámica aunque quizás estos cuadros sean más panópticos que panorámicos. Este término que he leído en alguna ocasión para referirse a determinados edificios penitenciarios, tales  como la vieja cárcel de Oviedo, me ha parecido más adecuado que el de panorámico, por su aspiración a la totalidad, a verlo todo, a controlar hasta los más mínimos detalles. Han tenido que pasar más de seis años para que pueda pensar seriamente en hacer un Praga, quizás lo titule Postal de Praga o Praga: una postal, tal me parece que es la insuficiencia de lo que vi y el maquillaje reciente con el que el centro de la ciudad se recubre para aparecer presentable ante la masa de turistas que visitan la ciudad, aunque como pudimos atisbar en nuestro paseo a Vyséhrad o en los alrededores de la Wilsonova, o en algunos barrios, no sé si periféricos, pero al menos no céntricos, los colores de la ciudad no son simplemente los tonos deslumbrantes y risueños de las zonas más céntricas.

 

En el Café ojeo los periódicos; leo una reseña de un libro de Iván Klima titulado El espíritu de Praga, y pienso que la belleza es indiferente a cualquier cosa que no sea ella misma, aunque después se me ocurre que quizás ese carácter indiferente es más propio de la naturaleza que de la belleza, y que quizás esa primera idea se me ha ocurrido al pensar en la belleza de la ciudad, en los atardeceres, en la indiferencia de la luz. Supongo que la estampa de la ciudad al atardecer o bajo el manto blanco de la nieve, habrá permanecido inmutable en su melancolía incluso en la época de la ocupación alemana o bajo el régimen comunista. Quizás fuera más acertado decir que la Naturaleza es indiferente a la Historia, o que la principal cualidad de la Naturaleza es la indiferencia.

 

Pienso también, en el cuadro sobre Praga, creo que debería plantearlo como una postal de Praga, es decir abordarlo directamente como una impostura, y a través de esa impostura atisbar algo de su verdad. Praga se nos muestra hoy como una estampa, una bella estampa, en pocos años se ha convertido en un icono turístico, en cierto modo ha desaparecido bajo ese barniz, no es la Praga de Studek, es una Praga de colores saturados, una Praga de postal, al menos en el centro, en la parte más visitada, aunque es posible, caminando un poco, alejándose de esa multitud que come y bebe en las terrazas, que abarrota el puente de Carlos o el Castillo, encontrar calles y plazas en las que  la ciudad  se nos muestra más mate, pero más interesante, aunque quizás sea también esto una ilusión, la ilusión del turista viajero que pretende entrar por la puerta de atrás y asistir a un espectáculo no amañado por la industria turística,  la vida de la ciudad antes de que ésta se convierta en espectáculo y desaparezca. En el cuadro,  partiendo de una vista panorámica típica de la ciudad, desde Petrím, deberían aparecer los colores de las zonas más apartadas, menos dorados, menos saturados, más apagados, verdes, pardos, grises;  todos estos colores se mezclan en la ciudad y en su historia. La ciudad ha vivido, durante el siglo veinte, literalmente, avatares extremos, el cuadro debe hablar de esto también, de la historia. Dos líneas que se entrecruzan, la línea de la historia, dramática, y la línea de la naturaleza (y de la belleza), la línea de la luz, indiferente a la historia y a los avatares de ésta.

 

A pesar de todo, a pesar de que en este último viaje hemos tenido la fortuna de disfrutar, salvo el día 1, del buen tiempo, y hemos podido contemplar la ciudad desde distintos puntos y a distintas horas del día, lo que me hubiera ilusionado en los primeros viajes, sigo recordando la luz bajo la lluvia del año pasado, ese gris ceniciento del cielo, a veces casi cárdeno, el cuerpo de los colores, rosados, verdes, azules, colores quebrados, blancos grises, es otra Lisboa. Es la Lisboa que pinté en el gran lienzo, que pensaba no estaba terminado y que quizás esté acabando de pintar a la manera de Lisboa, con la mirada.

 

Concluyo este segundo A beneficio de inventario  de forma análoga al primero, con un epílogo-balada, dedicado esta vez, no a la “gran ciudad”, sino a una ciudad concreta, la ciudad de Lisboa. Aunque la visite con cierta regularidad, aunque pueda andar por sus calles sin servirme de un plano, aunque pueda incluso perderme en ella, no puedo decir que la conozca sino superficialmente: conozco su piel, lo que se puede ver bajo la intensa luz de Lisboa.

LISBOA. EPÍLOGO-BALADA

Caminamos por las calles de Lisboa, no importa por donde, siempre nos encontramos con edificios en obras, fachadas de aspecto decrépito, o francamente ruinoso. Me entretengo pensando que tras la decrepitud de estas fachadas se ocultan recónditos espacios interiores, domésticos, acogedores, imagino pequeños salones, viejos muebles de madera oscura, suelos encerados, e incluso viviendas con pretensiones, pero esto, que sin duda será cierto en algunas ocasiones, no lo será en la mayoría, y tales fachadas no serán sino una emanación de la ruina interior de los inmuebles. Una ciudad que se disuelve en la lluvia - he pensado- en la niebla, en el río. Una ciudad orgánica, cuyos metales se recubren de herrumbre, cuyas aceras se comban y se hunden como si tuvieran saudade de los antiguos relieves de las colinas originarias.

 

Una ciudad bajo la luz, una ciudad bajo la lluvia, Lisboa tiene en estas fechas algo de invernadero, de jardín botánico, con sus enormes y frondosas acacias que nadie parece cuidarse de podar y que en algunas calles forman altas, umbrías y húmedas, bóvedas de ojiva. En parques y  jardines las especies exóticas exhiben sus enormes trocos nervudos, sus copas inmensas y  sus raíces desbocadas. Por todas partes, en los tejados, en las aceras, crecen las hierbas. Por todas partes, a la menor oportunidad, y oportunidades no faltan en Lisboa, la naturaleza parece querer recobrar el terreno perdido, pero no, como en el pasado, de forma abrupta, radical y violenta, tan violenta como inútil, pues entonces la ciudad renació renovada con  más fuerza, sino de una forma sosegada y paciente, de forma literalmente larvada, pues son los pequeños y multitudinarios seres larvados los que consumen las viejas estructuras de los edificios. Y es la humedad, otra vez la humedad, la que se extiende por las fachadas, como si éstas fueran de azúcar, y es el sol el que las reseca, y todo ello las altera, y  se cubren de pequeños relieves sarpullidos, y se surcan de gritas, y los esmaltes pierden su brillo y los colores su nombre. Aquí puedes, como escribió Perec, “aprender a mirar los cuadros expuestos en las galerías de pintura como si fueran trozos de pared, de techo, y las paredes, los techos, como si fuesen lienzos en los que sigues infatigable las decenas, los miles de caminos siempre recomenzados, laberintos inexorables, textos que nadie sabría descifrar, rostros en descomposición.”

 

Este carácter orgánico de la ciudad no sólo se muestra en los infinitos grados de la decadencia, de la descomposición, sino también en la capacidad para integrar y dar la misma pátina vetusta a todo tipo de estructuras tales como andamios, tirantes, vigas o puntales, normalmente efímeras, pero que aquí parecen destinadas a perdurar tanto como los edificios mismos,  como si fueran una emanación de éstos, un exoesqueleto.  A veces se ven sobre los tejados una especie de templetes soportados por andamios para, seguramente, amparar las cubiertas que están reparando, en algunas ocasiones sólo quedan las fachadas abrazadas por vigas de hierro, apuntaladas por complejas estructuras; da la impresión en tales casos de que  la cosa irá para largo, quizás se trate tan sólo de evitar la demolición o la ruina. Sin embargo en toda esta decadencia, este abandono, hay una gran belleza, una belleza profundamente humana, a pesar de la miseria, o  quizás precisamente por ella.

Fernando G-Vela, Oviedo 2013

LISBOA 1
Acrílico sobre lienzo 146 X 114 cm. (2009)