bosques, tránsitos y escenarios - Faustino Ruiz de la Peña

23 noviembre 2009 - 08 enero
2010



Argüero
Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo.
40x50 cms.
2009
Villahormes
Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo.
40x50 cms.
2009

Acebera 7

Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo.
76x76 cms.

2009

 

 

 

Posada 1
Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo.
76x76 cms.
2009
Posada 2
Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo.
76x76 cms.
2009

Bosques, tránsitos y escenarios

“Licenciado en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca, siempre ha latido en él aprecio por la pintura, a pesar de que en ocasiones se haya dejado arrastrar también por su descrédito y haya proferido discursos políticamente correctos y artísticamente inanes, como en su última exposición en la galería Espacio Líquido de Gijón, cuando algunos nos temimos que cambiara los valores plásticos por los eslóganes maximalistas contra la sociedad de consumo y una familia perfecta que ya no existía ni en los anuncios. La renuncia parecía posible en un artista que había iniciado muy tardíamente su carrera, una vez asentada su posición de profesor de artes plásticas con un hogar sólidamente construido, y para el que la pintura podía ser sólo una más entre todas las opciones posibles, en estos tiempos de mezcla.

Por fortuna no ha sido así, y el primer paso en este sentido fueron los Sueños sin dueño con los que se alzó con el premio de Luarca y que suponían un punto de inflexión en su trayectoria, no tanto por su contenido narrativo, similar al de sus etapas anteriores, como por la manera en que estaban hechos. En primer término, como siempre, aparecían personajes y animales suspendidos en busca de dueño, mientras que en el fondo, y esa era la novedad, se mostraban nubes algodonosas sobre las que aposentar los anhelos, realizadas mediante técnicas sustractivas, que lavan y quitan pintura en vez de ponerla.

Este celaje improvisado, pintado casi en blanco y negro, es el precedente inmediato de los paisajes actuales, surgidos como en una ensoñación. No sólo porque en ellos aparecen, por vez primera en la obra reciente de Ruiz de la Peña, unos cielos que pueden ser tomados como tales, sino sobre todo porque están hechos de la misma manera, limpiando y quitando una vez extendida la mancha. Ya no hay figuras, ni color, ni estéticas deudoras de un pasado inmediato. La representación es ahora mucho más atemporal, como corresponde a un género que ha sido por lo general neorromántico. Está centrada en motivos concretos, bosques y tránsitos, escenarios que el artista recorre en sus paseos cotidianos. Unas obras en los que el pintor parece imprime la que puede ser considerada como su principal marca de estilo: La zona umbría se adueña de la superficie del lienzo, cubriéndola casi por entero, y la deja completamente a oscuras, a ciegas, salvo las luces que perfilan los contornos y sirven para dar profundidad a las escenas, dignas del más tenebroso relato gótico.

La razón de este estilo responde tan sólo a motivos exclusivamente plásticos: el reto de lo monocromo, el disfrute de lo pigmentario, el placer de volver a pintar sin excesivas ataduras conceptuales, dejándose llevar por la riqueza sugerente de un tema, que gusta y produce a la vez atracción y miedo, paz e inquietud, zozobra y tranquilidad. Es aún pronto para percibir si el camino que inicia es de ida y vuelta, o por el contrario le va a permitir adentrarse en lo profundo hasta llegar al refugio inesperado de un claro, pero lo que resulta obvio es que está entre lo mejor que ha hecho, y no necesita ser justificado ni esclarecido, pues al espectador sin prejuicios le va a entrar inmediatamente por los ojos, sin necesidad del auxilio y la guía de ningún atento guardabosques enamorado.

Luis Feás Costilla
Carro de casas - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo 45x45cm (2009) Eñ resbalón- Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 30x30cm (2009)
Camino de Llanes - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 40x40cm. (2009) Llamaquique1 - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 30x30 cm. (2009)

Faustino Ruiz de la Peña

[contacto] [webSite]

       Quintes, Zoreda, Alba, Argüero, Pumares, Bobes,…lugares convertidos en pintura, muy a sabiendas de la dificultad que ello entraña si pensamos en lo denostado del género, de los repetidos intentos de derribarlo y de poder visitarlos en primera persona. Es en esto último donde  creo poder dar una pista  de lo que este género supone para mí; lugares cercanos, familiares, transitados y repetidamente observados.

En muchas ocasiones acontece ese instante mágico, cuando inesperadamente un corro de casas, un bloque desnudo, unos árboles erguidos o una vista tras el cristal de un coche, despiertan la necesidad de hacerlos propios, pintura,  permanentes. Para ello uno debe ser discreto y tener mirada sosegada, de modo que lo que en primer plano aparezca dibuje contornos rotundos, de oscuros planos y formas esenciales, reconocibles y sin excesos. Sin embargo,  en las enmarañadas ramas de los bosques pueden aparecer esos excesos pero no son otros que los provocados por la naturaleza al darle a los árboles esas formas para captar la vida.  Del mismo modo me recreo al dibujar entre las  ramas lo que ellas desprenden,  combinando lo nimio con la grandiosidad de sus formas recortadas.

 

En todas las obras se aprecia una atmósfera sonámbula, romántica, cercana al ocaso y en la inmovilidad previa al inicio de una enorme tormenta; ese instante es quietud real, no aparente, pues sabemos que antes de la tempestad, de la descarga, todo se paraliza, permanece quieto, a excepción de las nubes,  que parecen ir más allá de los límites del cuadro. Repetidas veladuras me permiten reflejar esa  atmósfera “atormentada”; manchas que aparecen, borro y vuelvo a colocar, dejando en ese trasiego algunos rastros que en  conjunto llegan a construir los cielos.  

 

En el caso de las casas y los paisajes con senderos, inicio un camino que pretendo se acerque a  representaciones donde la apariencia de solidez, contraste con su aspecto viejo o con su engañoso silencio; casas casi abandonadas e inútiles, sin rastro humano. En alguna de las piezas hay incluso un acercamiento a un mundo ensoñado, cercano a los paisajes surrealistas: luces, sombras, claroscuros, planos y volúmenes simplificados,   son una  puerta abierta y el inicio de una nueva búsqueda.

 

         Recuerdo que en casa de mi abuela Consuelo había una reproducción del cuadro de Velásquez  “Vista del Jardín de Villa Medici”, aquella imagen se ha hecho ahora presente en mi gusto por la vista lejana, no relacionada con lo observado, separada conscientemente del motivo, plena de interrogantes y donde nuestra vida se desenvuelve  sin estar nosotros presentes.

Fozaneldi 2 - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 35x40cm (2009)
Fozaneldi 1 - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 36x40cm. (2009)
La Belga - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 140x140cm (2009)
Biológicas 1 - Óleo, pigmento y lápiz sobre lienzo, 30x29cm (2009)